
Estoy en un bar gringo, en Key West. Son, creo, las 3 de la mañana. Es uno de esos grandes, a media luz, con las paredes recubiertas en viejas maderas y en donde del techo cuelgan varios ventiladores de bronce verdoso; la humedad y el olvido los dejaron así hace ya varios años. En las 10 mesas que hay no se cuentan más de 5 personas. 2 de ellas son pareja. El resto somos personajes que vagamos por el lugar, asumo, con la misma dirección: no otra que fomentar el clima de melancolía y añoranza por mejores tiempos. O por lo menos tiempos en que estábamos con quienes quisiéramos compartir esa mesa y esos numerosos tragos que una de las 2 meseras taren cada 25 minutos.
El tipo que canta es fenomenal. Sentado en una silla que pareciera ser de mimbre, toca armonioso y sereno una de esas canciones añejas y llenas de sentimientos patrios gringos. Un guitarra con cuerdas de metal, la armónica afirmada cerca de su boca y la voz aguda y persistente que sale de ahí me canta insistente y afilada sobre alguien que me destruye las sonrisas y me las reemplaza por tristezas. Así es como me acuerdo de lo que hice durante la mañana en la pieza de la cabaña en la que estoy quedándome en estos días. Me levanté de la cama y, con el tazón de café a medio chorrear, me acerqué a la ventana. Abrí de par en par en par las cortinas y vi el mar. Lo miré y lo miré hasta que dejé caer al suelo el tazón. Y no me importó mojarme los pies ni manchar la alfombra. Me abracé unos momentos a mí mismo y me apoyé en el cristal. Pedí a gritos ahogados que no me encontrase así, porque lo que en verdad quiero es que vengas y me abraces hasta que llegue la calma.
En el bar la gente ya se empieza a ir. El par de meseras cuentan sus propinas mientras terminan de acomodar las sillas. El tipo que canta desenchufa su guitarra y me mira con una sonrisa. Yo lo aplaudo levemente y me tomo el último sorbo del vaso de agua que pedí luego que agoté por completo mis ganas de Gin y Vermouth. Pienso en lo lindo que sería que la niña que me atiende me preguntara de dónde soy y si vengo con alguien. Ahí mismo le diría que soy de Chile y que no tenía con quién venir. Nadie estaba disponible y mis antojos de salir en Abril no acomodan a ningún horario regular de trabajo.
En la calle hay unas cuantas personas que bailan ebrias al ritmo del reggae que sale de los parlantes de un local de conchas y artesanías marinas. Lógico, soy el único que fuma. Y fumo y se siente rico, así como cuando prendes el mejor cigarro de la noche. Pero cuesta que pase el humo por la garganta, porque entre intentar no arrugar el mentón que me tirita a punto de estallar y pensar en ti con la mirada perdida, no encuentro la forma de terminar bien el puto cigarro.
Tengo ya abiertas las ventanas de la cabaña. Figuro atravesado sobre la cama mirando atento y sin inmutar el vaivén de las cortinas. Pienso en lo tanto que te gustaría estar a mi lado viendo la maravilla del viento mezclado en la tela transparente. Ahí es cuando te hablo como si me escucharas y te pregunto si serías capaz de decirme toda la verdad. Decirme que me quires y que me echas de menos. Pero que no será jamás ante nadie ni nunca por siempre. Porque te da miedo. El mismo que siento yo de que no estés aquí. Y te abrazo como si me sintieras. Y te huelo el pelo. Y te digo nuevamente que te perdono y que no me importa esperar. Que puedo seguir con esto por siempre y que no me cansaré de esperar.



1 Dígame no máh...:
El amor es destiempo. Y el tiempo está desfasado. Entonces, si es la persona para tí, ya está contigo. Y ya se han perdonado. Y ya se abrazan. Es que lo que pasa, es que hay que salir a averiguarlo.
TQCTM!
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