jueves, 21 de febrero de 2008

Máximas para el 2008


  • Stop being fat.
  • Hacer ejercicio. Ya no basta con cuidar la alimentación.
  • Tomarme en serio e ir por lo que quiero. No sólo en cuanto a pega.
  • Pensar en pega. No una cualquiera. Una pega de verdad, de esas que tienen relación en cuanto a lo que estudié.
  • Hacerme amigo de las personas que me ofrecen su amistad.
  • Decirle más seguido a mis papás que los quiero a pesar de todo.
  • Decirle más seguido a mis amigos que los quiero, pico si me da vergüenza o si los pongo incómodos.
  • Empezar el hábito del ahorro.
  • Dejar de comer carne roja, evitar el pollo y el pavo y obtener proteínas sólo del pescado.
  • Comprarme los patines que tanto quiero y USARLOS.
  • Aprovechar de hacer wevadas. Darme cuenta que es mi último año de universidad y que por lo mismo debo hacer dichas wevadas. Después no podré.
  • Retomar la guitarra.
  • Aprender a editar video.
  • Pedir ayuda cuando la necesite.
  • Escribir más. Lo que sea, pero escribir.
So tired of being fat.
En algún momento fui un gordo feliz. Ya no. Hace tiempo que ya no.

domingo, 17 de febrero de 2008

F, N, D, A, C y yo


Tratábamos de salvar al mundo. De arreglarlo, ornarlo, amoldarlo y transformarlo en lo que más nos acomodaba. No buscábamos una utopía. No. Era más sencillo. Porque no pretendíamos que el resto del mundo fuera partícipe. Sólo bastaba con que nosotros formásemos parte de lo que sería nuestra perfecta armonía. Suena complejo y elaborado, pero para nosotros era sencillo. Éramos chicos, pero con -en ese entonces- ideas claras. Así éramos a los 17. Y para mí eso era perfecto, aunque nunca supe que aquello tan perfecto siempre tuvo fecha de caducidad. Pronta y fulminante caducidad.

No recuerdo el número fijo, había algunos que iban y venían, pero eran los menos. F, N, D, A, C y yo éramos prácticamente la base. Aparecían otros más intermitentemente, pero esos no me merecen recuerdo. El punto es que tanta complicidad e intercambio de felicidad disfrazada de problemática era sublime para un grupo que derivaría en todo lo contrario que predicaba.

Perder la conciencia, recobrarla y seguir en lo mismo era un must a eso de las cinco de la mañana. Sí, beber era necesario en aquél momento de la adolescencia, pero, la verdad, no era malo dentro del contexto; era tanto lo que había que decir que un par de vasos de más sólo contribuían a soltar más fácilmente lo que todos morían por revelar y discutir sin miedo alguno.

Era verano, no recuero si enero o febrero. Todo partía temprano (cómo extraño eso): nueve de la noche figuraba la mesa puesta en casa de F y N. Vasos, mantel, botellas, coctelera, naipes, discos, dados, “pirinola” y ansiedad. Yo cruzaba los 10 pasos de mi puerta a la de en frente y ya había movimiento al entrar al living-comedor. D cantaba algo con su guitarra, F me preguntaba si traía la selección musical, N me abrazaba y me hablaba de alguna película romántica, C me piropeaba y A me miraba incisiva. Todo bien. Luego a la mesa. Salud. Y empezaba. No recuerdo qué, nunca era algo predeterminado. Pero empezaba…

Había canto: guitarra, pandereta, palmas y voces. Una sola a la vez, luego todas juntas. Había baile también: En parejas, todos juntos o sólo yo. Paralelamente, había peleas. Pero peleas que acababan con abrazos y juramentos de amistad y amor eternos. Había desayunos contundentes luego de salir el sol, para luego despedirse por un rato a dormir seis o siete horas. Era un ritmo intenso, pero que se sobrellevaba con energía, ya que todo lo sembrado volvería recargado. No había nada mejor que eso. Sobre todo porque lo que se había conversado, discutido y llevado a conclusión, desencadenaría un nuevo conflicto que había que resolver entre todos. Siempre alrededor de esa mesa que pensábamos nos reuniría siempre.

Me duele la guata. Hay tanto ahí en esa mesa que de sólo recordar ciertos detalles, me provoca ansiedad. Para qué contarlos, para qué mencionarlos. Basta con imaginar que el hecho de poner los temas sobre esa mesa era razón de empezar a cambiar el mundo. Era el inicio de una noche completa que acabaría de día, sólo unas horas antes de comenzar de nuevo.

Pero llegó el desastre. Así como empezó, todo se fue a las pailas una de esas noches que llegaban pronto a la mañana, esas mismas que auguraban que el grupo permanecería por siempre. D y A terminaron con todo lo que hubo por culpa de lo que todos creímos imposible. N se caía en pedazos. F luchaba porque eso no pasara. C estaba en medio de todo sin poder hacer nada. Yo sólo sabía que lo veía venir. Porque siempre supe que A haría lo que hizo. Pero callé. Y todo terminó en repartir lo que era de cada uno y adiós con las perfectas noches de ese verano.

Parece que todo esto no tiene sentido más que para mí. Pero de que lo tuvo, lo tuvo. Y lo sigue teniendo. Porque fue un gran mes. Un mes en donde todos los días significaban algo importante; algo siempre cambiaba. Y para mejor. Me formaba, me hacía crecer. Me hacía aceptarme. Sentía que no habría jamás nadie más que nosotros para hacernos sentir así de bien.

D desapareció, F cambió totalmente y N ahora vive otra vida. A C la perdí y A aún me ve incisiva cuando me ve pasar. Y yo aún los recuerdo como la familia que elegí para cambiar el mundo que me veía crecer.

lunes, 4 de febrero de 2008

Daniela


Te quiero tanto, gorda chica deliciosa enojona y tocino. De verdad que sí.