martes, 30 de octubre de 2007

Key West - Marzo 2018


Estoy en un bar gringo, en Key West. Son, creo, las 3 de la mañana. Es uno de esos grandes, a media luz, con las paredes recubiertas en viejas maderas y en donde del techo cuelgan varios ventiladores de bronce verdoso; la humedad y el olvido los dejaron así hace ya varios años. En las 10 mesas que hay no se cuentan más de 5 personas. 2 de ellas son pareja. El resto somos personajes que vagamos por el lugar, asumo, con la misma dirección: no otra que fomentar el clima de melancolía y añoranza por mejores tiempos. O por lo menos tiempos en que estábamos con quienes quisiéramos compartir esa mesa y esos numerosos tragos que una de las 2 meseras taren cada 25 minutos.

El tipo que canta es fenomenal. Sentado en una silla que pareciera ser de mimbre, toca armonioso y sereno una de esas canciones añejas y llenas de sentimientos patrios gringos. Un guitarra con cuerdas de metal, la armónica afirmada cerca de su boca y la voz aguda y persistente que sale de ahí me canta insistente y afilada sobre alguien que me destruye las sonrisas y me las reemplaza por tristezas. Así es como me acuerdo de lo que hice durante la mañana en la pieza de la cabaña en la que estoy quedándome en estos días. Me levanté de la cama y, con el tazón de café a medio chorrear, me acerqué a la ventana. Abrí de par en par en par las cortinas y vi el mar. Lo miré y lo miré hasta que dejé caer al suelo el tazón. Y no me importó mojarme los pies ni manchar la alfombra. Me abracé unos momentos a mí mismo y me apoyé en el cristal. Pedí a gritos ahogados que no me encontrase así, porque lo que en verdad quiero es que vengas y me abraces hasta que llegue la calma.


En el bar la gente ya se empieza a ir. El par de meseras cuentan sus propinas mientras terminan de acomodar las sillas. El tipo que canta desenchufa su guitarra y me mira con una sonrisa. Yo lo aplaudo levemente y me tomo el último sorbo del vaso de agua que pedí luego que agoté por completo mis ganas de Gin y Vermouth. Pienso en lo lindo que sería que la niña que me atiende me preguntara de dónde soy y si vengo con alguien. Ahí mismo le diría que soy de Chile y que no tenía con quién venir. Nadie estaba disponible y mis antojos de salir en Abril no acomodan a ningún horario regular de trabajo.

En la calle hay unas cuantas personas que bailan ebrias al ritmo del reggae que sale de los parlantes de un local de conchas y artesanías marinas. Lógico, soy el único que fuma. Y fumo y se siente rico, así como cuando prendes el mejor cigarro de la noche. Pero cuesta que pase el humo por la garganta, porque entre intentar no arrugar el mentón que me tirita a punto de estallar y pensar en ti con la mirada perdida, no encuentro la forma de terminar bien el puto cigarro.


Tengo ya abiertas las ventanas de la cabaña. Figuro atravesado sobre la cama mirando atento y sin inmutar el vaivén de las cortinas. Pienso en lo tanto que te gustaría estar a mi lado viendo la maravilla del viento mezclado en la tela transparente. Ahí es cuando te hablo como si me escucharas y te pregunto si serías capaz de decirme toda la verdad. Decirme que me quires y que me echas de menos. Pero que no será jamás ante nadie ni nunca por siempre. Porque te da miedo. El mismo que siento yo de que no estés aquí. Y te abrazo como si me sintieras. Y te huelo el pelo. Y te digo nuevamente que te perdono y que no me importa esperar. Que puedo seguir con esto por siempre y que no me cansaré de esperar.

Santiago/Puerto Rico - 17 de Junio de 2021



Sí. Va a ser un poco complejo esto de vivir en Puerto Rico. Vivir allá luego de hacer harto acá. La familia va a estar lejos, el amor no sabe si me acompañará o no, una carrera en la televisión habrá que dejar en suspenso... en fin. Va ser complejo esto de vivir en Puerto Rico.

En primer lugar hay que deshacerse de todo lo material que me acompaña. No pienso llevarme nada a mi nuevo hogar. Sólo tendré misericordia con mis cd's. Tardaré meses en hacer los envíos para que lleguen todos sanos y salvos, pero no importa. Lo otro es que la casa -esa que compré a través de un matrimonio amigo- habrá que pintarla y personalizarla. Pienso que bañarla completamente de blanco sería una buena opción.

Mis perros -Nikki y Reese- van a estar dichosos. Nunca en sus vidas habían tenido tanto espacio para correr. Los voy a maldecir constantemente por el hecho de que me dejen la casa llena de arena mojada, pero verlos así de contentos corriendo por la playa va a amortiguar el impacto de tener que aspirar casi día por medio.

Lo otro que va a ser un suplicio será aprender a bailar salsa. Yo, que al ver "Salsa" -con Draco de protagonista en sus tiempos mosos- juré de guata que tendría el talento suficiente para equipararme a mis nuevos vecinos. Pero esas personas tan amables y doctas en esto de mover el cuerpo de manera candente no tendrán problemas en enseñarme. Es más, serán ellos quienes me insten a superarme, yéndome a buscar sagradamente a las 6 de la tarde, mientras otros amigos enciendan el fuego. Fuego que arman en mi quincho, ese que construiré yo mismo... ese que albergará hasta altas horas de la madrugada a mi nueva familia. Todos se saborean gustosos con las empanadas y los choripanes. Amaron la idea de que les enseñase cocina tradicional chilena a cambio de mis clases intensivas y personalizadas de salsa.

El gran tema va a ser echar de menos los primeros meses. Cuando me recueste los días de semana en una hamaca hecha a mano con un martini heladísimo apoyado en mi guata. La vista anaranjada de la playa me va a hacer pensar en lo que dejé en Chile. No voy a saber nunca si fue lo correcto, pero creo que se sentirá bien. Pensar en que iba a estar encerrado en una oficina gigante con un PC al frente por el resto de mis días... Uff... Sonaba bien mientras era universitario. Pero ya no. Nikki y Reese concuerdan conmigo. Ambos se rascan la espalda en la arena mientras les hago cariño en las orejas.
A lo mejor junto un poco de plata y hago un par de piezas más. Los amigos de Chile -cuando vengan- se quejarán unos días por los bichos y por el sol. Se negarán también a meterse al agua continuamente como yo lo haré, pero ,de todos modos, sé que lo pasarán bien cuando vengan a verme. El punto es que lo más complicado va a ser cuando se vayan. Pienso que me voy a sentir solo. Pero asumo que con los días se pasará. Voy a gritar en el living lo más alto que me den los pulmones y putearé con ira y vigor a todos quienes no quisieron venirse conmigo a la isla (que son la gran mayoría, por no decir todos). Pero luego de llorar un poco, sacaré a los perros a caminar y partiré donde los vecinos. Le voy a decir lo que me ocurre. Me darán de beber ese trago tan rico que preparan -"pal mal de amores", como le dicen- y haremos un asado. Todos sabrán que por dentro echo más de menos que la chucha, pero de todos modos harán lo que sea para hacerme bailar salsa y reirme un rato. Saben también que no me iré antes de sentirme como en casa. Y que no voy a estar tranquilo hasta que pueda desligarme de Chile y poder decir "Ey, acá estoy, acá me muero".